Las fiestas en tu jersey siempre fueron cien por cien algodón. Que a ninguno de los que te lo hizo se le ocurra mencionar acrílicos o poliéster, ni tampoco seda que tus manos siempre fueron como cachorros de león haciendo lucha grecoromana.
Yo recuerdo bien clarito que si te ponía el oído sobre el pecho podía escuchar pajaros carpinteros. También he oído al mísmisimo David Grohl en aquella época en que aún estaba vivo, en las canciones de Bleach, ya sabes, después se amariconó y acabo con respiración asistida y adicto a las fondue de chocolate; pues eso, cuando tocaba la batería como uno de esos tipos a los que drogan y meten en ataudes con kilos y kilos de arena sobre sus cabezas, y que luego despiertan con todo oscuro, ahogándose porque ya se han tragado casi todo el oxígeno de esa cajita de madera, y asfixiándose aún más por el agobio y la hiperventilación de la jodida claustrofobia. Golpean la caja con la fuerza de un tipo muerto, y rezan con la fe ciega de un tipo vivo a oscuras que sabe que si golpea más fuerte se va a llenar todo de arena, hasta los pulmones. Ese que golpea ya no vive, aunque respire. Y sí, tu pecho me ha sonado así, a golpes de muerte.
Nunca tuve la certeza de que tenías corazón hasta que me lo serviste en bandeja aquel día impar de Julio.
Los días que el Sol salía a comprar tabaco todo parecía que fuera a reventar, eran días calmos y yermos como estanques de mercurio, pero eso sí, con una bomba de plutonio junto al brasero de picón, haciendo tic-tac, apuntito de explotar. Las nubes siempre han sabido querernos, siempre han entendido y mimetizado nuestras ganas de escondernos de las horas muertas y de los tipos con chaqueta y maletín de llave.
Otras veces he acudido a tu vientre buscando las pelotillas de algodón de tus sudaderas nuevas de capucha. Allí, en tu barriga he leído estrias y he reordenado lunares, todo por nada, simplemente por esperar que me esperes. Los toboganes de tu espalda como antaño. Los trampolines de tu barbilla como antídoto. Beber litros y litros de saliva, escupir kilos y kilos de confeti.
Las fiestas de tu jersey, aunque no tengas corazón, son las más sonadas entre las branquias de todos los peces globo del océano lacrimal conocido. Una vez recuerdo haber tirado de un hilo. Tiré y tiré y tiré, y te desnudé el ombligo. Lloreé y lloré por no saber coserte en el mismo sentido. Es lo que tiene ser un loco, un tarado, no hay vuelta atrás cuando destrozamos aquello que tanto mal nos ha hecho y que tanto hemos querido.
domingo, 17 de mayo de 2009
jueves, 14 de mayo de 2009
¿Verdad qué no?
Confío en mi, pero no en mi suerte. Y dicen por ahí que veo a la gente antes de mirarla. No se si se equivocan, jamás me lo he planteado, no voy a hacerlo ahora. Sería un poco adolescente, cosas de niñatos. Ya me entiendes. ¿No? Joder, te gusta ponérmelo difícil. Te gusta que me explique y mire dentro de mi como cuando un niño va al acuario por primera vez. Sabes que odio eso. Sabes que odio mirar dentro de mi pozo porque siempre acabo subiendo algo en la cubeta, y resulta ser mierda nueva, y no me gusta porque tengo que buscarle un lugar, cuadrar las cosas, ya sabes. Y resulta que siempre me sobran cosas. Y no tengo espacio. Mi pecho es un estercolero enorme. Mi vientre un delta de un río lleno de moscas y palabras rotas, más antiguas que lo que me querías. Mis piernas son dos vertederos, sólo mequedan músculos con la fuerza suficiente para huir sin mirar atrás, jamás voy a poder andar con la cabeza alta usando estas piernas de cobarde. Soy un mequetrefe que hace mucho ruido, más que una orgía de nueces. No, joder, que no exagero, es la pura y puta verdad. Seguro que me has visto miles de veces entrar en la fiesta. ¿Me viste marcharme? Nunca ¿verdad?. Ves, lo sabía. Ahí fuera pasan cosas. Ellas andan como si la vida no importara. Ellos como si todo el dinero del mundo cupiera en su mirada. Todo se pierde excepto el miedo a perder. ¿Qué no? vamos, hombre, que me vas a contar tú. Siempre has estado enamorado. La plastilina, el balón, la profesora de ética, la de Bases de Cálculo en la facultad, de Ana, de Daniela...¿Te has parado a pensar alguna vez quiénes somos cuando estamos solos? ¿cuándo no amamos? ¿Verdad que no? No lo hagas, no lo hagas nunca, la cubeta de tu pozo jamás resistiría tanta mierda si no estás acostumbrado...
miércoles, 22 de abril de 2009
Ranchera
¿Saben de esas rancheras americanas descubiertas por atrás? Pues ellos lo hicieron allí, en el desierto, y se arroparon con mantas y besos a la noche, y con algo de cráteres lunares también, por qué no decirlo. Y cuando se dieron cuenta el amanecer ya estaba anegándolo todo como una riada brava y salvaje, la arena, los cactus, hasta las sienes.
Y entonces, o mucho antes (ya el tiempo dejaba de tener sentido, importancia o baremaciones coherentes), se dieron cuenta de que lo suyo era técnicamente imposible, literalmente inviable, premeditadamente inconcebible. Las piedras se regaban con su sudor y su puta lascivia enferma. Las serpientes rezaban para que les sapicara algo de semen y menos de pecado. El color naranja y el olor ocre, el sonido terroso y el tacto austero de la desolación. Las palabras dicharachero, cerveza fresca y 120 millas por hora. Pero sobre todo la sensación de vacío, de desapego, de "vuelta a empezar".
Que ambos sabían muchísimo antes de tocarse la piel o arrancarse las uñas, que todo aquello se llamaba revolcón taciturno, que todo lo demás era deforestación del deseo.
Que follarse sin entenderse, sin escucharse, era la mayor concesión de libertad que podían otorgarse en aquel árido rincón de sus destinos.
Que la putrefacción entrevenándose en su pene, uno, y en sus muslos, otra; que el mero hecho de levantarse, bajarse de la parte trasera de la camioneta, subirse a la cabina, encender el motor, y ponerse las gafas de sol por miedo a que se los tragara el cielo, les resultara más asqueroso que una huída oficial en toda regla, todo eso ya lo sabían antes de preguntarse los nombres, pero sin embargo les gustó tanto que decidieron olvidárselos, olvidarse, seguir sobreviviendo.
Y entonces, o mucho antes (ya el tiempo dejaba de tener sentido, importancia o baremaciones coherentes), se dieron cuenta de que lo suyo era técnicamente imposible, literalmente inviable, premeditadamente inconcebible. Las piedras se regaban con su sudor y su puta lascivia enferma. Las serpientes rezaban para que les sapicara algo de semen y menos de pecado. El color naranja y el olor ocre, el sonido terroso y el tacto austero de la desolación. Las palabras dicharachero, cerveza fresca y 120 millas por hora. Pero sobre todo la sensación de vacío, de desapego, de "vuelta a empezar".
Que ambos sabían muchísimo antes de tocarse la piel o arrancarse las uñas, que todo aquello se llamaba revolcón taciturno, que todo lo demás era deforestación del deseo.
Que follarse sin entenderse, sin escucharse, era la mayor concesión de libertad que podían otorgarse en aquel árido rincón de sus destinos.
Que la putrefacción entrevenándose en su pene, uno, y en sus muslos, otra; que el mero hecho de levantarse, bajarse de la parte trasera de la camioneta, subirse a la cabina, encender el motor, y ponerse las gafas de sol por miedo a que se los tragara el cielo, les resultara más asqueroso que una huída oficial en toda regla, todo eso ya lo sabían antes de preguntarse los nombres, pero sin embargo les gustó tanto que decidieron olvidárselos, olvidarse, seguir sobreviviendo.
lunes, 20 de abril de 2009
No más mañanas...
Me he cansado de esperar. Huelga de amaneceres.
Este sofá va a ser Finlandia. Aquí nada va a oler a rocío.
Nada de afiladores, nada de butaneros con voz de Pavaroti.
Que no se atreva el olor del pan recién hecho a colarse por la ventana, que no lo quiero, que mato al panadero con una flor, lo juro.
Paso de anuncios de cuchillos super afilados, paso de Euronews, ni siquiera sin voz.
Paso del primer conductor de autobús, paso de su cara de sueño, de su voz de suicidio, de sus ganas de huir, de no despertar.
Ni galletas con leche, ni tostadas, nada de mermelada de ambrosía ni olor a sabanas pegadas, que no, que no, que no.
No más sonidos de negocios abriendo, no más persianas que brotan, chillan y patalean.
No más, no más, no más.
Todo se lo debo a mi madre poniendo vinilos de "Deep purple" los sabados de mañana. Todo se lo debo al sonido de la aspiradora multiplicando mis resacas en lugar de tragárselas. Todo se lo debo a Bola de Dragón y a Oliver y Benji!Cuantas horas de sueño se han llevado estos japoneses hijos de perra en sus bolsillos.
¿Por qué todo esta mierda? Pues porque me he cansado del vino, de despertar solo, de madrugar mal acompañado. Me he marchitado por no abrazarla a la mañana, por no besarla al Sol.
Este sofá va a ser Finlandia. Aquí nada va a oler a rocío.
Nada de afiladores, nada de butaneros con voz de Pavaroti.
Que no se atreva el olor del pan recién hecho a colarse por la ventana, que no lo quiero, que mato al panadero con una flor, lo juro.
Paso de anuncios de cuchillos super afilados, paso de Euronews, ni siquiera sin voz.
Paso del primer conductor de autobús, paso de su cara de sueño, de su voz de suicidio, de sus ganas de huir, de no despertar.
Ni galletas con leche, ni tostadas, nada de mermelada de ambrosía ni olor a sabanas pegadas, que no, que no, que no.
No más sonidos de negocios abriendo, no más persianas que brotan, chillan y patalean.
No más, no más, no más.
Todo se lo debo a mi madre poniendo vinilos de "Deep purple" los sabados de mañana. Todo se lo debo al sonido de la aspiradora multiplicando mis resacas en lugar de tragárselas. Todo se lo debo a Bola de Dragón y a Oliver y Benji!Cuantas horas de sueño se han llevado estos japoneses hijos de perra en sus bolsillos.
¿Por qué todo esta mierda? Pues porque me he cansado del vino, de despertar solo, de madrugar mal acompañado. Me he marchitado por no abrazarla a la mañana, por no besarla al Sol.
domingo, 12 de abril de 2009
Ciudad del ruído
Suena "The End" de "The Doors". Suena a "Apocalypse now", suena a quejido roto, a fustas sobre lomos de caballos negros, a hienas que maldicen sobre restos de margaritas pisoteadas, a días nublados sobre territorios infames depredados por la munición del cobarde y el pico del sucio y despiadado buitre. Suena a adiós, a fin de algo y a principio de nada.
Las ciudades de más de dos habitantes me dan pánico. Siempre fue así, siempre lo será. Y es que mañana es el día en que se acaba el mundo para nosotros tal y como lo conocemos hasta ahora. Mañana es el día en que se consuma la putrefacción de esta ciudad quebrada. Mañana se fundirán todos los vinilos del mundo, mañana se crearán mares negros de sonidos que se escaparán hacia el Sol por la ventana y la puerta de atrás . Mañana todas las voces de todas las canciones de todas las gramolas del mundo dirán "te quiero" en tiempos del pasado, preferentemente en pretérito imperfecto, primera persona del singular.
Mañana esta ciudad del ruído será al fin nuestra, nuestra hasta nunca porque con cada canción que se muera ya nos habremos ido para siempre, tú y yo, ambos dos, con nuestra música hacia otra puta y triste parte.
Las ciudades de más de dos habitantes me dan pánico. Siempre fue así, siempre lo será. Y es que mañana es el día en que se acaba el mundo para nosotros tal y como lo conocemos hasta ahora. Mañana es el día en que se consuma la putrefacción de esta ciudad quebrada. Mañana se fundirán todos los vinilos del mundo, mañana se crearán mares negros de sonidos que se escaparán hacia el Sol por la ventana y la puerta de atrás . Mañana todas las voces de todas las canciones de todas las gramolas del mundo dirán "te quiero" en tiempos del pasado, preferentemente en pretérito imperfecto, primera persona del singular.
Mañana esta ciudad del ruído será al fin nuestra, nuestra hasta nunca porque con cada canción que se muera ya nos habremos ido para siempre, tú y yo, ambos dos, con nuestra música hacia otra puta y triste parte.
domingo, 29 de marzo de 2009
Cesare Pavese y las mujeres caóticas.
Hoy, domingo sin más y sin menos, cohabitan en mi cabeza tres sensaciones que se revuelcan en una misma cama.
Suena Deftones, "Change" (in the house of flies) para ser más exactos. Sobre una montaña de pétalos y tallos, en lo que bien pudiera acabar siendo un estercolero de rosas, Césare Pavese grita "Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada." A su lado sobre una BMX roja, una chica caótica, enfermiza, sentimentalista, inconforme, y con los labios rojos, pedalea sin mirar atrás, como si ya no hubiera mañana.
Este es mi domingo, y me da a mi que va a traer cola...
Suena Deftones, "Change" (in the house of flies) para ser más exactos. Sobre una montaña de pétalos y tallos, en lo que bien pudiera acabar siendo un estercolero de rosas, Césare Pavese grita "Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada." A su lado sobre una BMX roja, una chica caótica, enfermiza, sentimentalista, inconforme, y con los labios rojos, pedalea sin mirar atrás, como si ya no hubiera mañana.
Este es mi domingo, y me da a mi que va a traer cola...
domingo, 22 de marzo de 2009
La almohada que me robó a mi padre.
Papa siempre solía decir antes de irse a la cama: "escucha a tu almohada antes de dormirte, ella lo sabe todo sobre todas las cosas del mundo". Que manera más brillante de condicionarme a ser un helecho triste, una persona autodestructiva. ¿Realmente creyó que con rotundidades como esa iba a forjar a un individuo reflexivo?¿Realmente se le pasó por la cabeza que con esa excusa tan inerme iba a propiciar que desde la niñez, este tipo adoptara la costumbre de usar a un trozo de esponja cubierto de tela blanca como ente imaginario y ubícuo, para desahogarse, para resumir sus días, para mirarse por dentro y aprender del error, para cultivar su vida personal y mejorar así su relación con todo aquello que le rodea, para partir del autoconocimiento de uno mismo como inicio de la meta del conocimiento del universo?
El resultado, como pueden apreciar, es la ingesta inadecuada, tumultuosa y en precipicio de cantidades desmesuradas de poemas, drogas y hojas de otoño.
Creaste la predisposicón a una de las certezas más tristes e indolentes del universo: la vida está repleta de ventanas y necesitada de arrojo para asomarse en pijama y recien levantado. Es como esa imagen recurrente en sueños donde un cura de mueca perversa manda poner ojos de buey en los ataúdes para que los muertos puedan ver la tierra que los aplasta si deciden despertarse. Pura paradoja.
Papá, la cagaste. Puta almohada y puta la madre que la parió. He malgastado los mejores secretos de mi vida llorándole a una tela blanca cuando bien debería habértelos confiado a ti justo antes de irnos a soñar. He desparramado por una ladera del tiempo, he despeñado por un precipicio feo y malogrado todos y cada uno de los dieces que saqué en historia, de las medallas que gané en los carreras del pueblo, de los gorriones que encontré malheridos junto a los restos de nidos de golondrinas.
Me he desperdiciado. Joder, has creado de mi un monstruo con tan solo una frase.
Imaginas lo que hubiera sido, tú con una copa de vino, yo con un vaso de leche. El cielo estrellado de nácar como collares de diamantes sobre cuellos de lindas mulatas. Y yo contándote todos los misterios que la vida me iba desvelando y todos aquellos que se empeñaba en seguir escondiéndome. ¿Lo imaginas? No creo que puedas, tú terrible idiota mío.
Lo que querías conseguir y lo que conseguiste son como días de playa jugando al voley y días de lluvia tras la ventana cocinando espaguettis sin atún en contraposición. Has conseguido cadáveres de mariposas, ya ni siquiera te digo gusanos de seda. Flores de plástico con olor a trastienda de almacen chino. Manojos de llaves que se atrancan, donde ninguna sirve. Mirillas borrosas.
Así creas un tipo discente en sus propias inseguridades. Es penoso esconderse, pero peor es hacerlo y no creerse que se hace por miedo. Sí, es muy jodido llegar a esa conclusión, que todo está lleno de ventanas, pero que no sirven, que nos quedamos encerrados en nuestras casas, esos ataudes con ojos de buey y no esas moradas donde sanarse y reponerse para volver a salir a la calle a herirse desafiantes, alegres y completamente rojos, que es lo que bien debieran ser.
Después de este torbellino de frases, si me paro a analizar fríamente la sensación de naufragio dentro del vientre, llego a la conclusión de que he de sentirme afortunado. Algunos amigos ni siquiera tuvieron frases rotundas antes de irse a la cama. Algunos de ellos jamás tuvieron un padre con valor para equivocarse.
*Cuantos más libros devoro mayores son las ganas de permanecer callado o de seguir escribiendo, lo cual viene a ser la misma tristeza pero con distintos zapatos. Mi padre siempre fue un valiente, y gracias a dios sólo lo recuerdo equivocándose a la hora de elegir el color de la pintura de las paredes de mi habitación cuando era bien pequeñito. Todo lo anterior es producto de la ficción y de mis relaciones paranormales, ultimamente, con cantidades anormales de mujeres carentes de la figura paterna, que no hacen otra cosa que abrir ante mi un universo indescriptible de posibilidades dentro del psicoanálisi que me invento porque me sale de los santo cojones sin leer a Freud más de lo necesario. Todo esto atormenta dulcemente mis entendederas, me hace sudar de placer, sumergirme en el lucidamente tarado Jodorowsky, y cortarme las venas con los cantos de Rayuela, una vez más.
El resultado, como pueden apreciar, es la ingesta inadecuada, tumultuosa y en precipicio de cantidades desmesuradas de poemas, drogas y hojas de otoño.
Creaste la predisposicón a una de las certezas más tristes e indolentes del universo: la vida está repleta de ventanas y necesitada de arrojo para asomarse en pijama y recien levantado. Es como esa imagen recurrente en sueños donde un cura de mueca perversa manda poner ojos de buey en los ataúdes para que los muertos puedan ver la tierra que los aplasta si deciden despertarse. Pura paradoja.
Papá, la cagaste. Puta almohada y puta la madre que la parió. He malgastado los mejores secretos de mi vida llorándole a una tela blanca cuando bien debería habértelos confiado a ti justo antes de irnos a soñar. He desparramado por una ladera del tiempo, he despeñado por un precipicio feo y malogrado todos y cada uno de los dieces que saqué en historia, de las medallas que gané en los carreras del pueblo, de los gorriones que encontré malheridos junto a los restos de nidos de golondrinas.
Me he desperdiciado. Joder, has creado de mi un monstruo con tan solo una frase.
Imaginas lo que hubiera sido, tú con una copa de vino, yo con un vaso de leche. El cielo estrellado de nácar como collares de diamantes sobre cuellos de lindas mulatas. Y yo contándote todos los misterios que la vida me iba desvelando y todos aquellos que se empeñaba en seguir escondiéndome. ¿Lo imaginas? No creo que puedas, tú terrible idiota mío.
Lo que querías conseguir y lo que conseguiste son como días de playa jugando al voley y días de lluvia tras la ventana cocinando espaguettis sin atún en contraposición. Has conseguido cadáveres de mariposas, ya ni siquiera te digo gusanos de seda. Flores de plástico con olor a trastienda de almacen chino. Manojos de llaves que se atrancan, donde ninguna sirve. Mirillas borrosas.
Así creas un tipo discente en sus propias inseguridades. Es penoso esconderse, pero peor es hacerlo y no creerse que se hace por miedo. Sí, es muy jodido llegar a esa conclusión, que todo está lleno de ventanas, pero que no sirven, que nos quedamos encerrados en nuestras casas, esos ataudes con ojos de buey y no esas moradas donde sanarse y reponerse para volver a salir a la calle a herirse desafiantes, alegres y completamente rojos, que es lo que bien debieran ser.
Después de este torbellino de frases, si me paro a analizar fríamente la sensación de naufragio dentro del vientre, llego a la conclusión de que he de sentirme afortunado. Algunos amigos ni siquiera tuvieron frases rotundas antes de irse a la cama. Algunos de ellos jamás tuvieron un padre con valor para equivocarse.
*Cuantos más libros devoro mayores son las ganas de permanecer callado o de seguir escribiendo, lo cual viene a ser la misma tristeza pero con distintos zapatos. Mi padre siempre fue un valiente, y gracias a dios sólo lo recuerdo equivocándose a la hora de elegir el color de la pintura de las paredes de mi habitación cuando era bien pequeñito. Todo lo anterior es producto de la ficción y de mis relaciones paranormales, ultimamente, con cantidades anormales de mujeres carentes de la figura paterna, que no hacen otra cosa que abrir ante mi un universo indescriptible de posibilidades dentro del psicoanálisi que me invento porque me sale de los santo cojones sin leer a Freud más de lo necesario. Todo esto atormenta dulcemente mis entendederas, me hace sudar de placer, sumergirme en el lucidamente tarado Jodorowsky, y cortarme las venas con los cantos de Rayuela, una vez más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)